Si nos preparamos para ser profesionales de éxito y en ello empleamos toda nuestra juventud, ¿por qué no nos preparamos para ser personas de éxito? En realidad, y de manera inconsciente, nuestra preparación para el mundo laboral abarca esa formación como persona. De tal manera y como bien ha dicho Howard Gardner: “Una mala persona no llega nunca a ser buen profesional”.

El padre de las inteligencias múltiples defiende que una buena inteligencia lógico-matemática no llegará a nada, si no es de la mano de una desarrollada inteligencia interpersonal. Este tipo de inteligencia es la que hace referencia a nuestra capacidad para manejar las relaciones con los demás. A través de ella desarrollamos habilidades como la empatía, la escucha activa, la capacidad de resolución de conflictos…

 

En definitiva, la inteligencia interpersonal es lo que desarrollamos al recibir una buena educación emocional. Actualmente, la educación emocional comienza a instaurarse en la educación reglada de forma transversal, pero ¿qué pasa con los adultos? ¿acaso no necesitamos educación emocional? Evidentemente sí, y mucho. Si una cosa nos ha proporcionado nuestra experiencia profesional, es que en el mundo adulto muchas veces se dejan fuera la ética, los principios, la asertividad… Todo ello por conseguir estándares marcados por la sociedad. Y la mayoría de las veces sin darnos cuenta.

 

La educación emocional que trabajamos en nuestras terapias nos puede ayudar a no perder el norte, no dejarnos llevar por la avaricia y la falta de escrúpulos, y a convertirnos en profesionales excelentes. Esa es la palabra: excelencia.  La diferencia está en: tener éxito profesional o ser un profesional excelente. Yo quiero ser excelente y ¿tú?.

 

 

Laura Requejo del Rio

Licenciada en Psicopedagogía y especialista universitario en Terapia Cognitivo-Conductual en la infancia y la adolescencia.